martes, 21 de mayo de 2013

Día uno: Un mal camino.

Había sido una mala noche. No fui capaz de conciliar el sueño hasta pasadas las dos de la mañana. No debería pasar parte de la noche en vela solo porque alguien que ya no está dentro de mi vida necesita un guía en el camino. Eso ya no tiene que importar, pero importaba. Aún así, conseguí dormirme antes de que sonara la horrible melodía del despertador. A simple vista, parecía avecinarse un bonito martes, con seis de las asignaturas más amenizadas. ¿Por qué iba a ser un mal día? No tendría por qué, pero fue. 
Me levanté como cada mañana, parecía que tenía plomo en cada hueso del cuerpo y una atracción inevitable me impedía levantarme de la cama, a duras penas lo conseguí. Había pasado ya más de la mitad del último trimestre, lo que solo podía significar que mi descanso continuado de tres meses estaba a la vuelta de la esquina. Pero aún no me había dado cuenta. No sabía que había elegido el camino equivocado, hasta hoy. Hasta hoy a las 15.33 de la tarde.
Llegué a casa con los ojos encharcados. Había sido un golpe rápido, limpio y certero. Justo donde dolía, donde dolía muy hondo. Todo el trabajo que estaba haciendo, todo lo que me estaba esforzando parecía acabar en un pozo sin fondo, algo sin valía. Como si no existiera. Y, es que, en realidad no había sido ese el golpe tan certero. Sino la rabia y la ceguera de la envidia. Sí, la sentí, sentí envidia y quizás la llevo sintiendo desde el principio. 
Pero a partir de las 15.03 comencé a resurgir, resurgir de lo que ya parecían cenizas. No lo eran. No lo son. No importa quién esté al lado, no importa la piedra que hay en el camino. Es una piedra, un simple inanimado con el que tropiezas, pero no es algo que vaya a formar parte del camino. Es todo lo contrario, es algo que superas y algo que dejas atrás. Y ya está, vuelvo a ser pura, otra vez.

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